Vivimos rodeados de mensajes, notificaciones y pantallas. Podemos hablar con alguien que está a miles de kilómetros y conocer en segundos lo que ocurre al otro lado del mundo. Nunca estuvimos tan conectados y, paradójicamente, muchas veces nos sentimos más solos.
La tecnología nos acerca, pero también puede distanciarnos. La inteligencia artificial nos abre un universo extraordinario, pero existe algo que ninguna máquina podrá experimentar por nosotros: la maravillosa experiencia de sentirnos humanos.
Hay abrazos que sanan. Conversaciones que devuelven la esperanza. Amigos cuya presencia cambia un día difícil. Una mesa compartida, una canción que nos emociona, una llamada inesperada, una voz en la radio que nos hace sentir acompañados.
Quizás ha llegado el momento de volver a las cosas sencillas.
Mirarnos a los ojos. Escuchar de verdad. Llamar a nuestros padres mientras podamos hacerlo. Buscar a ese amigo que hace tiempo no vemos. Decir «te quiero» sin esperar una ocasión especial.
Volver también a la naturaleza. Caminar sin prisa. Respirar. Mirar el cielo. Sentir el viento. Contemplar un atardecer y recordar que el mundo real continúa ahí, esperando que levantemos la mirada.
No se trata de alejarnos de la tecnología. Se trata de conseguir que ella nos acerque sin permitir que nos separe.
Porque la vida pasa. Y pasa rápido.
Y probablemente, cuando miremos hacia atrás, no recordaremos cuántas horas estuvimos conectados ni cuántos mensajes recibimos. Recordaremos a quién abrazamos, con quién reímos, quién estuvo a nuestro lado y cuánto fuimos capaces de amar.
Estamos aquí. Ahora.
Respirando, sintiendo, queriendo, aprendiendo.
Y quizá olvidamos demasiado seguido que solamente eso ya es extraordinario.
Porque estar vivos es, sencillamente, el regalo más grande.
Rubén Darío Basay Roberts
Director
